Celebra Mons. Armando misa en honor a la Inmaculada Concepción

Celebra Mons. Armando misa en honor a la Inmaculada Concepción

diciembre 8, 2020 0 Por Diócesis de Tampico

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Este día celebramos a nuestra Madre Santísima, en su dogma de la Inmaculada Concepción, en nuestra diócesis hay dos parroquias que llevan este nombre, el día de ayer 7 de Diciembre nuestro Obispo Mons. José Armando celebró la Eucaristía en la comunidad parroquial ubicada en Altamira.

La Inmaculada Concepción es un dogma de la Iglesia Católica, que consagra como, aunque concebida y nacida por un pareja de mortales (Santa Ana y San Joaquín), la Virgen María nació pura, nunca tocada por el pecado original, a diferencia de todos los demás hombres y mujeres. María, Llena de gracia, como se saluda en la Anunciación, se considera santa desde su concepción, purificada de todo mal, preservada del pecado por el Espíritu Santo, que la ha convertido en una criatura única y especial, destinada a ser la madre de un Hombre único y nuevo. Sería inconcebible pensar que Dios, en su infinita sabiduría y perfección, pueda haber confiado su encarnación humana a una mujer nacida en el pecado, presa del Maligno y sus tentaciones. María fue la única criatura a la que se le reservó este privilegio especial, particularmente en vista de su misión, del destino que Dios tenía guardado para ella. Todos los demás hombres y mujeres nacieron y nacen en el Pecado, desde lo cual se purifican por medio del Bautismo. María es la primera entre los creyentes, la más cercana a Dios, tan cerca que ha sido elegida para llevar en el vientre el fruto de su Amor infinito. Este papel de intermediaria entre el hombre y el Omnipotente, madre pura y amorosa, consagrada desde su concepción a su misión de amor y dolor, hace que la tradición de la Virgen Inmaculada sea una de los más extendidas y queridas en la devoción popular.

El dogma de la Inmaculada Concepción

Inmaculada Concepción

El dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado con la bula papal Ineffabils Deus por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, pero su afirmación comienza muy lejos. La reflexión sobre la Inmaculada Concepción dividió a la Iglesia desde sus orígenes. Los Padres de la Iglesia y teólogos, como San Agustín o Santo Tomás, incluso si reconocieran la santidad de María, su ser sin pecado,  no estaban dispuestos a ‘desconectar’ este estado de gracia de Jesús, a reconocer que ella podía estar libre del pecado original sin su intervención directa. San Agustín, por ejemplo, afirmaba que María nació en pecado, como todos los demás hombres y mujeres, pero luego fue liberada de eso porque era la madre de Cristo. Por otra parte, el Antiguo Testamento ofrece sólo una información contradictoria sobre el pecado original, y una interpretación mariológica identifica a María como una nueva Eva en la lucha contra el Maligno y sus tentaciones. En el Nuevo Testamento, María es recibida por el Arcángel Gabriel “Llena de Gracia” y, por lo tanto, Santa.

Fue sobre todo la devoción popular para apoyar y promover a lo largo de los siglos la teoría de la Inmaculada Concepción. De hecho, para el pueblo de los cristianos, la Virgen María, destinada a concebir a Jesús y llevarlo a Su Vientre, debe necesariamente haber sido preservada del pecado y de la acción del Maligno, precisamente porque de otra manera no hubiera sido concebible que Dios, puro y perfecto, pudiera encarnarse en ella. En esta convicción de la pureza de María, la devoción popular no dudó en oponerse abiertamente contra la teología oficial. Esta última fue inmediatamente responsable de ejercer control sobre el culto, en las manifestaciones de devoción del pueblo, con el fin de guiarlo a una definición teológica correcta y adecuada, respetando al mismo tiempo sus deseos y expectativas en este sentido. La sacralidad de la Inmaculada Concepción no está definida por los teóricos de las Escrituras y la tradición primitiva de la Iglesia, sino por la fe del pueblo, por su sensibilidad y piedad. Como escribió el teólogo Eadmer en el siglo XII, la “pura simplicidad y humilde devoción” del pueblo se discreparon con la “ciencia” de los ricos y sabios.

Muchos fueron los factores de difusión de la devoción a la Inmaculada Concepción: la predicación franciscana y, en general, todas las formas de predicación popular; el nacimiento de cofradías que hacían de la Inmaculada Concepción su propio estandarte y proclama, y cuyos miembros estaban listos para defender su autenticidad hasta la muerte; las apariciones marianas, de la de rue du Bac (1830), a la de Lourdes el 25 de marzo de 1858, cuando María apareció a Santa Bernardita y se presentó a ella con las palabras: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.